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MAR. 07, 2009
Etiquetas: sala pequeña exposición
Estar a uno de los lados de la valla no llego a saber si supone estar encerrada y/o protegida, lo que sin duda se presume es estar aislado del otro. No existe un contacto táctil entre lo que acontece dentro de sus paredes divisorias y lo que ocurre en las afueras. No podemos tampoco encontrarnos con lo otro en un punto de convivencia diaria y constante, que permita imprimir alguna sensación recíproca. Estar cercado convierte todo su interior en una “zona espectáculo” y no en una “zona vivencia”. Es sencillo el acceso a su interior -posee una puerta-, pero es imposible habitar dentro. Entrar y salir por su abertura es corriente, incluso gratuito, lo que extrañamente lo convierte en poroso como todo territorio fronterizo (a pesar de que en ocasiones se deba de atravesar con violencia), y eso al menos nos reconforta.
La disgregación parece irreconciliable y el vínculo sólo se produce en diferido. No hay sutura; no hay relato directo. Moran en sitios muy diferentes. Incluso, ya digo, no puedo asegurar si esto es una reclusión o un resguardo. Y nunca he sabido si es una exigencia socorrer y escoltar la virtud tras gruesas y altas murallas -a salvo de los ataques y asaltos que puedan poner en peligro su identidad e integridad.
Un terreno (cualquiera) se limita con una línea término formada por un vallado, una verja hincada en el suelo para cerrarlo y señalarlo, impidiendo que sea invadido o allanado, como defensa de ese lugar, como manifestación rotunda de la propiedad cohibiendo la entrada en él, dejando constancia de su pertenencia, y evitando que se confunda con el resto de cultivos que lo rodean. La razón se debe a que los cultivos son tan similares en apariencia, y están tan próximos entre sí, que de no existir estas delimitaciones bien podrían confundirse los terrenos y las propiedades.
La visión de lo que hay al otro lado a través de la valla pantalla, se ha mundializado, pero la experiencia está severamente restringida, a consecuencia de la inmovilidad corporal en favor de una convulsión visual. Esto reduce al máximo la cohesión y erige infinidad de barreras corpóreas, que por doquier restringen el conocimiento y la libre experimentación.
Asistimos a través de la valla a la maquetación del otro lado, un magnífico diorama de lo que nos amenaza, un escenario unificado y artificioso; pura bambalina fronteriza. Escenario sólo visible desde sus fronteras y barreras y nunca más allá de ellas. Si con anterioridad la convivencia entre ambos lados se desarrolló en un contexto de libre circulación, ahora se mueve entre la frialdad de la formalidad y el calcinante abuso.
La valla es una construcción que tiene por objetivo que los individuos de un lado y de otro no puedan cruzar el territorio por cualquier lugar caprichosamente, impidiéndoseles el paso. Pero la valla incumple un precepto fundamental que consiste en no abolir la mirada, permitiendo, a través de los huecos del enrejado, ver el otro lado. Esos agujeros son los que conforman la mirada sabiendo que podemos pasar al otro lado con la vista: a fin de cuentas, con el deseo. Ver es poseer. Es introducir al pensamiento lo visto y toda la cadena de reacciones físico-oníricas producto de la posesión que nuestros ojos han propiciado en la acción de mirar.
La valla es una estructura porosa, un esqueleto sin cobertura. Es transparente y sin embargo infranqueable. Somos incapaces de ver a un lado y al otro de no ser por esos mínimos espacios romboidales que evidencia su geometría. La valla enmarca el otro lado como imagen, sólo visible, impalpable e indisponible. Junto a la valla los sentimientos se tornan encontrados. De ambos lados se estalla en recelos hacia la pérdida de cohesión, cuando no abierto rechazo al otro. Miedo a una multiplicidad supuestamente indomable.
La actual y previsible futura conciencia tecnocientífica haría pensar en la necesidad creciente de eliminación de barreras a favor de un movimiento continuado por cualquier territorio, pero quien más parecería necesitar ese transitar lo ve impedido por barreras que se lo complican. La integración, convivencia y cohesión no se producen. Seguimos construyendo muros, erigiendo monumentos a la ignominia, taludes de la diferencia, sin que nadie me aclare si estas fallas creadas por el hombre sirven de protección o de encierro –aunque sé que no serán eternamente aislantes. El control que se pretende ejercer sobre esa línea, lógicamente, siempre encuentra dificultades para mostrarse blindado y totalmente efectivo. El sentimiento es de no pertenecer a ninguno de los dos lados. La disgregación se me antoja cada vez más profunda.
Su imposición paraliza nuestra respuesta, como en un escenario planificado al que no se puede asistir más que como público -una representación que seduce y repele. Traspasarla entonces es una necesidad y su presencia me incita y me prohíbe hacerlo. La inaccesibilidad genera un doble sentimiento de poder y de subordinación. Sin olvidar que esa porosidad de la que antes hablábamos permite que se refugie la esperanza escapando a cualquier control.
Me es imposible enfocar el dibujo alambrado que teje la verja, mis ojos no me permiten ver con nitidez los alambres en primer plano. Mi vista entorpecida tiende a enfocar los huecos, lo que hay más allá. Y tras un gran esfuerzo puedo ver los alambres de espino, fugazmente. Por un instante los ojos vuelven a desenfocar la figura para fijarse en el fondo. Pierdo el control de mi propia vista, ella interpreta, y yo acabo mareada.
La valla es una línea imaginaria levantada para señalizar una frontera, lo que evidencia intensamente que no existe dicha frontera. Es decir: Valla hace frontera. Sus agujeros, sus huecos, constituyen con su vacío la unión entre un lado y otro, entre el adentro y el afuera. En esos agujeros la valla desafía su propia identidad.
La valla es un corte, una irrupción en el terreno, una discontinuidad; un trampantojo de lo que no es. Señuelo en forma de representación simbólica de significación política y asunto público. Ante ella o tras de sí avanzamos o nos retiramos.
Le falta belleza, inteligencia y bondad.
Anula nuestra autonomía de acción. Mirarla nos hipnotiza, aunque ya no es capaz de asustar, provocar o de hacernos sentir algo más allá de leves murmuraciones, a pesar de que cuando debería de hurgarnos en la conciencia, su silencio la levanta cada vez más metros y ambos lados se excluyen mutuamente.
Decorado teatral, exhibición de potencia que nunca es, y malogrado intento de hacer desaparecer el otro lado por evidenciar la valla con su presencia, precisamente, que hay algo al otro lado... que existe otro lado.
SUSANA BALDOR
SALAPEQUEÑA
La Valla
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